miércoles, 26 de octubre de 2016

me hice a la idea de que en el km 39 se acababa la carrera y casi la carrera acaba conmigo

22 de octubre. 53,5 km con más de 2.200 metros de ascenso me esperan en Quesa, el pueblo de mi infancia.
7 de la mañana. Salgo de casa bien desayunado con mi chaleco de hidratación a cuestas pero no sin antes revisar el material. Una manta térmica, un frontal, una gorra, un chubasquero y el móvil son obligados compañeros de viaje. Cargo mis bolsillos de sales, geles y pastillas de magnesio. Esta vez no quiero llevarme sorpresas. Llego al punto de encuentro. Antes de bajar del coche enciendo el Garmin y la pantalla no me responde. Mal empezamos. Por suerte, lo apago y lo enciendo un par de veces y parece funcionar. Acudo al "corralito". Todavía es de noche. Me mezclo entre la gente y veo caras conocidas del club y del lugar. Tedi, director de la carrera me presenta a dos grandes campeones del Ultra-trail, Remi Queral y Xari Adrian, claros ganadores de la prueba. Me encuentro cómodo y tranquilo porque sé que corro en casa, que no voy “a hacer tiempo” y que (a una mala) si no puedo terminarla algún conocido me acercará al pueblo en coche. Por otro lado, tengo la incertidumbre de no haberme sometido a ninguna carrera de esta distancia y desnivel y la preocupación de haber llegado hasta aquí con molestias en el tobillo derecho. No voy bien preparado pero siento que debo participar, siento que debo acabarla sea como sea y al poder ser dejar al CDQ en lo más alto.

Se acercan las 8. Los jueces supervisan las mochilas. Los poquitos que nos aventuramos en esta prueba nos vamos situando en la linea de salida. A la vez va amaneciendo. Ahora si, ya no hay vuelta atrás, es hora de darlo todo. Salgo desde atrás, bien despacio, por detrás de corredores que sé que van menos que yo, pero no me importa. Voy mentalizado y precavido. La sirena que nos abre paso por el pueblo se deja de oír cuando nos adentramos en la montaña. El día está nublado, la tierra mojada y las piedras resbaladizas. Corro los primeros kilómetros con prudencia para tantear el terreno. En la primera parte nos encontramos con la subida más dura del recorrido. Posiblemente alcanzamos las mejores vistas de la carrera desde lo más alto del "monte pelao", cresteamos por los Albaidares y sin darme cuenta estoy de nuevo en el pueblo. Bebo algo en cada avituallamiento, por lo que pueda pasar, aún sabiendo que llevo los bidones todavía bien cargados. Durante los primeros 20 km nos encontramos con mucho barro. Las botas nos pesan 2 veces más de lo normal, pero tenemos la suerte de tocar pista o asfalto de vez en cuando y poder limpiarlas un poco.

El día nos ha salido estupendo y las sendas, bañadas por la lluvia de la noche anterior, están espectaculares. El suelo es blando en la mayoría de las ellas. Corro muy a gusto. Paso por sitios ya conocidos por mi y por otros inimaginables. Los kilómetros pasan y las horas también y cuando estás agusto el tiempo parece ir más deprisa. Sobre el 32 ya se empiezan a notar los primeros síntomas del cansancio. Pequeños calambres son avisos de que lo peor está por llegar. No dejo de hidratarme, de comer plátanos en todos los avituallamientos por donde paso, de tomar sales, pero es ahí, justo en el 32 cuando me doy cuenta de que no puedo subir una pequeña pared situada a los pies del Abrigo del Voro. Un chico de protección Civil muy amablemente me tiende la mano. Poco a poco me voy colocando en mejor posición. Alguien me comenta que estoy entre los 10 primeros. Voy (como se suele decir) “recogiendo cadáveres”, de menos a más.

Me encuentro con muchas ganas de acabarla y cada vez más cerca de saborear el placer de la victoria. Corro emocionado, pensando en el final. El perfil de la prueba no es muy “montañero”, lo cual me beneficia. Grandes pistas forestales me dejan correr incluso cuesta arriba, con más de 35 kilómetros a las espaldas. Llegando al 39, una senda bastante pronunciada me desmotiva. Deseando no toparme con ascensos bruscos, va y me doy con uno de ellos. Voy ya muy tocado pero solo me quedan unos kilómetros. Ahora manda la cabeza más que mi cuerpo. En principio lo que queda no debe asustarme (según el perfil), pero sobre el 44 me encuentro con otra pared. Cuando intento subirla... zasca! Una gran rampa en el gemelo me hace estirar la pierna un buen rato apretando los dientes. Me quedo bloqueado pero consigo subir esa pared de espaldas, bajo la mirada de dos chicos de Protección civil que no hacen nada esta vez por ayudarme. A través de sus emisoras oigo la voz de un compañero de ellos informando de la situación. Comenta que el primero ya ha pasado cerca de meta. Poco queda por hacer. En algunos momentos se me pasa por la cabeza que quizás he de abandonar si me encuentro con más zancadillas por el camino. Por suerte, lo que queda es para “dejarse caer”.

Todo lo que he tomado durante la prueba para las rampas ha sido en vano. Cada vez oigo más cerca el sonido del ambiente. La música y el speaker suenan a gloria. Por fin veo la luz. Quiero que este sufrimiento acabe pronto. No estoy muy cansado pero si llevo las piernas agotadas de tanto padecer. Llego al asfalto que me conduce por una larga cuesta al arco de meta, pasando antes por unas escaleras. No se me ocurre otra cosa mejor que sacar el móvil de mi mochila, llamar a mi padre y que oiga el sonido de los aplausos con los que soy recibido. Le cuento entre alguna lágrima mi hazaña. Me emociono porque sé que a él le hubiera encantado estar allí. Cruzo el arco devolviendo los aplausos a la gente que tanto me ha animado. Es muy emocionante. Tal cual entro me abrazo a Tedi por hacer posible, junto a mucha más gente, esta carrera de estas características en el pueblo de Quesa. “Los Arqueros” ha tenido mucho éxito entre los corredores, de eso estoy seguro. Va a dar mucho que hablar.

Algo he hecho mal, igual no me he hidratado bien... Igual todo el secreto está en la gimnasia que no practico. Igual es una mezcla de todo, pero lo que si está claro es mi próximo objetivo; conseguir que desaparezcan las rampas de una vez por todas.



Cierro mi temporada con un 3º veterano en el “Circuito de la Costera, la Canal y el Valle de Ayora”, y con un 2º veterano en esta carrera de larga distancia. Más que satisfecho.






jueves, 22 de septiembre de 2016

el tiempo se me echa encima

La fascitis me ha dado tregua este verano, quizá han colaborado en la causa unas buenas sandalias. Tengo que mirar adelante, sin pensar en las molestias. 

Metodología, constancia, sacrificio, conocimiento del ”yo” y una buena alimentación son las cartas de la baraja que juegan a mi favor a un mes vista de mi próximo objetivo; 22 de octubre, carrera de larga distancia en Quesa, con 53 kilómetros y 2.300 de ascenso acumulado.

Por primera vez me enfrento a un reto de este tipo. Me asusta el desnivel, no tanto los kilómetros. Me asusta llegar a la fecha en baja forma. Ahora corro a pulsaciones conociendo mis umbrales, me alimento bien, como debe cualquier deportista que se precie un poco, pero el tiempo se me echa encima.

No hay descanso, lucho a contrarreloj. Entreno todos los días, sin tregua. Los lunes y los viernes son fiesta para mi, entrenando 6/8 km a bajas pulsaciones. Los martes, unas 15 o 20 rampas de 100 o 150 m. me ponen a prueba. Los miércoles ruedo a 130 pulsaciones como mucho, unos 20 kms. Los jueves, mas caña,.. series de 2000. El sábado suelo hacer alguna carrera corta y el domingo desconecto en la montaña con otro rodaje suave a pulsaciones.


Ahora toca decidirme, si hacerla o no. Siento que tengo que hacerla pero mi cabeza sabe que mis piernas no están preparadas. Me falta mucha gimnasia, muchos entrenes de montaña pero voy confiado porque un día decidí disfrutar de esta carrera, simplemente a intentar acabarla con buenas o no tan malas sensaciones. 

Quienes me conocen saben que soy capaz. Tengo que confiar en ellos.

martes, 10 de mayo de 2016

todas las palabras empiezan por DES

DESanimado, DESmotivado, DES lusionado, DES sperado,… son muchas las palabras que me vienen a la cabeza en esta etapa deportiva de mi humilde trayectoria y todas empiezan por las mismas letras.

Quise terminar una maratón de montaña decentemente y para ello me entrené a conciencia. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a esos largos de 30 o 32 kilómetros y llegué muy justo a la fecha.  Ahora arrastro secuelas.

Seguramente todo podría arreglarse con un largo DESCANSO, temida palabra que cualquier deportista desea no escuchar nunca.

Mi fascitis plantar sigue ahí. Con el tiempo las molestias han pasado al talón. Además, una sobrecarga en el Aquiles me impide tirar la punta de los pies hacia adelante. No sé a dónde acudir. ¡Cochino dinero! Necesito un milagro que me quite la tontería y me deje seguir entrenando duro. Mientras tanto, troto como un pato DESorientado por el cauce del Río Turia a las 2 del mediodía, siempre que la faena me lo permite. Un entrene rápido, una ducha en el trabajo y macarrones integrales, esa es mi rutina un par de veces a la semana. Sin calentar, sin estiramientos al terminar. Entreno para mantenerme mínimamente, para sentirme vivo, eso si, sin obligaciones. Ahora mismo la batería me falla y si sigue fallando el motor al final ni arranca.

Ya no escribo porque no entreno como toca, no entreno como toca porque tengo dolores, tengo dolores porque no descanso y no descanso porque soy muy tozudo.


Confío en poder volver a correr “a gusto” algún día, simplemente disfrutando.

domingo, 21 de febrero de 2016

un sueño hecho realidad

Ha llegado el día para el que he estado entrenando estos últimos meses.
Atrás quedan esas sesiones de gimnasia casera con lastres en los tobillos y garrafas de agua, los largos y duros entrenes en solitario (la mayoría de las veces) por la sierra de Enguera con más de 1.600 metros acumulados.

6 de la mañana. Me levanto y desayuno fuerte, un tazón de leche de avena con cereales aliñado con una pizca de miel y un plátano. Superviso todo y me aseguro de que no se me olvida nada. Todo listo. Salgo de casa y acudo al punto de encuentro donde había quedado con mi amigo Eugenio a las 7. Él me lleva a Segorbe, cosa que le agradezco enormemente porque después de la maratón no estaré para muchos milagros. Por el camino charlamos mientras intento ingerir un asqueroso pastel rico en vitaminas y minerales que me había preparado la noche anterior, el postre más artificial que puedas probar en tu vida. Y digo “intento” porque estoy algo harto. Además, con los nervios se me hace una bola en la boca. Aún así sigo el consejo de mi entrenador; “Métele caña que luego quemas mucho y si te quedas blanco, mal.”

Llegamos al sitio y directo me voy a por el dorsal. Con el número 49 en mis manos ya estoy tranquilo. Volvemos al coche y nos refugiamos en él de las bajas temperaturas. Ultimo detalles. Un poquito de vaselina entre los dedos, un pequeño apretón de cordones y compruebo de nuevo que no me falta de nada en mi mochila. Casi se me olvida ponerme el Garmin. No es imprescindible, pero sin él parece que me falta algo, necesito saber cuánto me queda de ascenso o a qué ritmos me muevo en llano.

Apuro para ir al baño. Me llama la atención una cosa y es que, gente de la organización es la encargada de suministrarnos rollos de papel, para que no nos falte de nada. Ahí les pongo un 10. Me sorprende el hecho de que antes de ponernos bajo el arco tengamos que pasar por un control de chips. La cola desemboca en el patio del colegio Pintor Camarón desde donde salimos. Allí me encuentro con conocidos del club de Trail de Moixent. Son un buen referente para empezar.

No me da tiempo a calentar. Me sitúo en la linea de salida, un poco más atrás del arco. He llegado a la maraton con muchas molestias en el tendón de Aquiles y en el glúteo superior pero ya no hay vuelta atrás. A cruzar los dedos y hasta que el cuerpo aguante.

Nos dan la salida pero pronto, fuera de las instalaciones del colegio, nos volvemos a parar. Hemos avanzado un poco para poder salir todos desde un lugar más ancho y sin empujones. Ahora si, comienza el gran reto. Esquivo algunos corredores al principio para evitar el primer embotellamiento cuesta arriba del kilómetro 2. Callejeamos por Segorbe y bordeamos su gran muralla. Los primeros kilómetros los disfruto mucho, converso con los compañeros de carrera y echo un vistazo al paisaje de vez en cuando. Allá a lo lejos a mi derecha, el pico de Espadán. Es una pena lo que llegas a perderte en carrera, cuando la mayor parte del tiempo la pasas mirando al suelo, poniendo los cinco sentidos para no caerte.

Llegando al 15 la cosa empieza a complicarse. Me encuentro con la que puede que sea la cuesta con más desnivel del recorrido, pero la supero con relativa facilidad. Echo un vistazo atrás rápido y admiro el sitio por el cual hemos subido casi gateando. Recupero un poco y voy mentalizándome de que lo duro aún está por llegar. Durante el trayecto, en alguna ocasión me llego a topar con pequeñas paredes de piedra que ni tan si quiera me dejan andar, solo escalar. Llego al 19. Se que estoy en lo más duro del recorrido, unos 500 de ascenso repartidos en 3 kilómetros, con momentos de gran desnivel y otros que me permiten tomarme un respiro. Se hace pesado, pero no es ningún infierno. Mi mayor pesadilla era alcanzar el pico en buena forma física y lo consigo. Desde arriba y sin darme cuenta de lo que mi vista puede llegar a alcanzar, comienzo a descender. Hasta aquí, era un “tira y afloja” con mis compañeros de Moixent. Al poco, dos de tres que venían conmigo desaparecen en la bajada. El otro se queda atrás. Los próximos 20 kilómetros los haré en solitario. No tardo en darme cuenta de que para mi lo realmente duro empieza ahora. La bajada se me atraganta. Tan solo son unos 200 metros de gran dificultad y se me hacen eternos. Mi tendón de Aquiles está padeciendo. Tengo mucho dolor y bajo con miedo. Los primeros metros son tramos de piedras sueltas y de punta, sostenidas a modo de escalones por tablas de madera falcadas en el suelo de la montaña. Atravesamos una pedrera y continuamos bajando, disfrutando de bonitas sendas hasta llegar a camino de pista. Mis piernas han sufrido bastante y aún me queda casi la mitad del recorrido.


Acercándome al kilómetro 30 saludo a gente conocida, vecinos de Bolbaite. Sonrío para la foto. Hasta aquí más o menos bien, sueño incluso en lograr hacer un buen tiempo pero poco a poco se desvanece. Subiendo por una cortísima pero fuerte pendiente, llegando a uno de los puntos de avituallamiento, me da una rampa en el vasto interno. Me aprieto con todas mis fuerzas con mis manos y estiro la pierna. Pierdo algún minuto. Me tomo inmediatamente una pastilla de sales, cojo medio plátano de la mesa y salgo de allí como si me persiguieran, intentando recuperar tiempo perdido, pero doy risa. Ahora mismo camino como un zombie, arrastrando la pierna izquierda. Es el momento de que alguien se fije en mí para la serie “The Walking Dead”.

Quiero llorar. La impotencia que siento me hace pensar que quizás tenga que abandonar. A la vez, eso mismo me da fuerzas para seguir adelante y sorprendentemente me olvido del dolor y comienzo a rodar decentemente, eso si, sabiendo mis limitaciones. Recupero trotando suave, bebo mucho y hago lo posible por no castigar de nuevo esa zona.

El sol aprieta. La camiseta de manga larga que tan a gusto llevaba hasta entonces, me sobra. Lo que resta de la maratón es más o menos llevadero pero a estas alturas ya estoy cansado. Bebo solo agua y paso del preparado de Isostar que llevaba en uno de los bidones. Unos kilómetros antes había llegado a sentir algún retortijón en el estómago y no me gustaría tener que parar de nuevo por problemas de sobredosis de azúcar. Lo he dado todo, me he tomado sales, un gel en el 19 y otro ahora mismo en el 32, creo que me he hidratado bien y aún así, algo ha fallado. Me esperan 3 ascensos no muy duros hasta llegar a meta. Solo son tres, pero cuando solo piensas en acabar se hacen mucho de rogar.

Llegando al pueblo por la zona de Rascaña aún me queda un último empujón de unos 200 m de desnivel. Una senda me conduce hasta él y cuando me doy cuenta estoy dentro. Puedo empezar a saborear la grandeza de acabar una maratón de montaña pero me quedo con mal sabor de boca.

De pulsaciones me encuentro bien, aunque sí es verdad que los últimos kilómetros no me he esforzado demasiado. Veo a lo lejos el crono; 5:03… unos 15 o 20 minutos más de lo que pensaba que iba hacer. Me extraña no oir a Eugenio gritar “¡¡QUESINO!!” y es que me espera al final de la alfombra azul, grabándome en vídeo con su móvil y haciéndome fotos al mismo tiempo.



Por fin he alcanzado mi sueño, un sueño amargo desde el 30 pero estaba claro que me enfrentaba a una lotería. Nunca antes me había sometido a una prueba tan dura. Ahora es momento de reflexionar, valorar y seguir entrenando y ¿para qué? Quizás solo por el hecho de seguir soñando en un nuevo reto, para descubrir dónde está mi límite, para hacerme más fuerte y sacar fuerzas para afrontar otras situaciones, para evadirme de lo negativo que me rodea y disfrutar de lo que me queda por saborear.

Cierro un episodio más, agradeciendo a mi chica el apoyo recibido, especialmente durante la recta final. Y pido perdón a mi hijo por no aprovechar parte del domingo con él, porque aunque él no lo crea es lo que peor llevo. Vera cumple un año y aún no se entera demasiado, pero cuando empiece a echarme de menos no sé que voy a hacer…

Ahora no quiero pensar en ello... necesito descansar.
Seguiré soñando.



domingo, 7 de febrero de 2016

Espadán en el punto de mira

7 de febrero, Llombai, 25 km de montaña.

A dos semanas de la Maratón de Espadán (mi primera de montaña) corro en Llombai, 25 km para ir abriendo boca. 

9 de la mañana. Todo listo. Suena una traca de fondo y el crono se ponen en marcha. Salgo en buena posición y junto a los más de 400 corredores huimos del pueblo en busca de aire puro. Todo bien hasta que en el km 2 alguien grita "eiiii! que es per açí!!!!". Mal empezamos. Unos cuantos, siguiendo el rastro del corredor que tenemos delante nos desviamos del trayecto unos 100 metros. Retrocedemos e intentamos remontar posiciones pero ya se empieza a formar el primer "embudo". Los primeros kilómetros a 3:45 no han servido de mucho. Continuamos y empezamos a subir un par de kilómetros pero algo suaves. Lo duro sé que está por llegar, sobre el km 7, donde una cuesta muy pronunciada nos pone a cada uno en nuestro sitio; poco más de kilómetro y medio, con un ascenso de unos 170 metros. Descendemos y pronto volvemos a ascender de nuevo, 1 km con tan solo unos 100 metros de ascenso. Al km 11,5 otra vez para arriba. Más que una carrera esto parece un tiovivo. La carrera ya la conozco del año pasado. Es una carrera rápida con subidas bastante correderas salvo una. Lo malo es que, a pesar de la buena temperatura, hace mucho aire. Voy bien, pero aun queda mucho y a esta carrera le falta emoción. Entonces me acuerdo de mi entrenador y sus palabras "con cabeza, corre con cabeza". Y como chico obediente que soy me voy "de cabeza" al suelo sobre el km 15. Por suerte mis manos y mi rodilla izquierda se llevan el golpe. Caída tonta, absurda, sobre pista y sin arriesgar. Quizás la confianza y la falta de fuerza me llevan a no elevar tanto las piernas como debiera, motivo más que suficiente como para tropezarme con cualquier cosa que sobresale unos centímetros del suelo. Me levanto, con la ayuda de un corredor de Enguera que acababa de conocer (uno de los organizadores del trail de allí) y sigo mi camino. Empiezo trotanto suave y tengo buenas sensaciones. Parece que la rodilla se va calentando y puede funcionar casi al 100%. A tan solo 10 km de la meta y dejando "lo duro" atrás me viene un descenso complicado y no estoy en mi mejor momento. Me queda una única cuesta de pista sobre el 19 y ya todo terminará. Cojo el asfalto de nuevo y llaneo hacia el pueblo pero no voy más rápido de 4:30. Hoy no ha sido un gran día. Barxeta me dejó con muy buen sabor de boca y hoy no he podido repetir la experiencia.

Es evidente mi torpeza en la montaña, pues me tropiezo con cualquier animalito que se cruce en mi camino. Pero si ella es dura, yo más.

Casi ya estoy tocando la sierra de Espadán. Voy preparado pero... ¿lo suficiente? Por una parte voy tranquilo porque ya he hecho varios entrenes de 1600 durante estos meses de  entrenamiento. Por otro lado, he entrenado hasta 32 km y aún me quedan 10 más, los diez más duros de una maratón, donde se decide todo.

Solo me queda una semana más de carga. El sábado masaje y a partir del domingo empezaré a descansar,.. los rodajes serán mucho más suaves y las series más cortas. Ya está todo decidido. Lo duro ya pasó. Hasta la fecha, seguiré soñando.





domingo, 17 de enero de 2016

objetivos cumplidos

17 de enero, 7:00 de la mañana. Salgo de mi casa rumbo a Barxeta. Nada más salir del garaje observo en el salpicadero del coche -3 ºC. Parece que vamos a pasar frío. Tras una hora de camino llego a mi destino, aquí ya a -4 ºC. Busco refugio en un bar y una excusa para ir al baño; el cortado de costumbre. Retiro mi dorsal y nos obsequian con una camiseta y una toalla, la cual me vendrá muy bien para taparme las piernas cuando esté dentro del coche (con la calefacción puesta) esperando a que se haga la hora. ¡Que frío tengo, joder! A quien le mandaría olvidarse el chandal en casa? Me siento como un extraño, todos me miran, y quizá sea porque voy paseándome en pantalón corto. Es posible, pero he de hacerme el duro, soy un machote, y los machotes no pasan frío.

Se acerca el momento, y 15 minutos antes salgo del coche “a tomar el fresco”, esta vez sin forro polar y con la mochila preparada. He de calentar mis músculos, aunque va a estar difícil. Una fuerte batucada se oye a lo lejos. Un grupo de percusionistas nos da “vidilla” a la cantidad de locos que nos concentramos en esa plaza. Pero ¡que frío tengo, joder! 

Me coloco en las primeras posiciones. Salgo bastante rápido, como me dijo mi entrenador el día anterior. Tengo que apretar los primeros kilómetros antes de que venga “lo técnico”. No entro en calor. Llevo 2 camisetas, una larga y otra corta encima, mas la mochila que también me cubre la espalda. Aguanto hasta el 8 sin parar, pero es ahí donde una fuerte pendiente me obliga a andar. Me recupero un poco y zás, 1 kilómetro más tarde vuelvo a frenarme ante otra gran pendiente. Me encuentro bien. Los cuádriceps se me cargan, pero lo normal. Empiezo a tomarme cada media hora unas pastillas de Isostar que contienen Magnesio, Potasio y algunas vitaminas. Me las recomendó Maskarell y la verdad, no sé si por éstas o por qué pero hoy no he tenido ni una rampa. Alcanzo las crestas y todavía tengo fuerzas. Mantengo un ritmo cómodo durante bastante tiempo. Noto que en los llanos de pista no estoy muy ágil y me pasan bastantes corredores pero esta carrera para mi es un “tira y afloja”. Unas veces voy yo delante de otros, y otras veces son éstos mismos los que van delante de mi. Me suelto en las bajadas pero sin apretar. Hoy tengo 2 objetivos; primero y principal NO LESIONARME, tengo que llegar bien a la maratón de Espadán. Y segundo; intentar bajar algo el tiempo que hice hace dos años para así conseguir ganarme un puesto en la primera hoja de la clasificación.

Ya no me acuerdo del frío, solo temo a las rampas de los últimos kilómetros aunque tengo buenas sensaciones. Al parecer hoy va ser un gran día. Salgo del terreno montañoso y vuelvo al asfalto de camino a meta. Pese a los repechos que me voy encontrando en la recta final me encuentro con fuerzas y aprieto como si de una carrera popular se tratara. Los últimos metros son un placer. Termino por fin una carrera de montaña con muy buenas sensaciones, con ganas de comerme el mundo. No ha sido “un tiempazo” como diría yo pero al menos consigo bajar casi 10 minutos mi marca en este trail. Y todo sin lesionarme. OBJETIVOS CUMPLIDOS.

Ha sido una carrera rápida, explotando en la salida, manteniendo durante gran parte del recorrido y apretando en los últimos kilómetros. Cruzo el arco con un tiempo de 1:52. Mi primera carrera del año, la segunda con mi entrenador y muy contento con el resultado.

Recojo la bolsa del corredor, tomo un refresco y lo acompaño de higos secos. Me quedo un rato hablando compartiendo experiencias con algunos amigos pero pronto me voy hacia el coche. ¡Que frío tengo de nuevo, joder! 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

un amigo en Sabiñánigo

20 de diciembre. Llevo día y medio en Formigal, destino escogido por mi jefe como en dos ocasiones anteriores para pasar unos días agradables con el resto de los compañeros de trabajo. A falta de nieve para esquiar, me preparo previamente al viaje una alternativa que me lleve a disfrutar de la montaña y a la vez no saltarme uno de los entrenamientos clave de la semana. Para ello cuento con la ayuda de una persona muy popular, vecino de Sabiñánigo. Doy con él a través de Wikiloc. Atiende al nombre de "Cruzavalles". Persigo su Facebook, le envío un mensaje privado y nos ponemos en contacto por teléfono para concretar.


A sus 47 años, más de 30 años de experiencia le avalan como corredor. Esta gran persona acepta encantado el reto de hacerme de guía para que yo cumpla con mi entrene. Objetivo; 1.300 de ascenso positivo. Los kilómetros esta vez no me importan tanto. Me doy con un canto en los dientes si consigo llegar al desnivel positivo deseado saliendo del hotel y conociendo a gente encantadora.
Nos vemos en un bar de Formigal conocido como "Garmo Negro". Este es nuestro punto de partida. Allí conozco a su hijo David, de 21 años de edad que también se viene con nosotros. Subimos hacia Foratata y de camino recogemos a un amigo de Jesús que había salido 20 minutos antes. Pronto alcanzamos los 600 de ascenso. Desgraciadamente, la nieve helada nos impide seguir nuestro camino por donde teníamos previsto. Damos la vuelta y continuamos la ruta por otro lado. Se cruzan literalmente "en nuestro camino" algunas vacas que pastan tranquilamente. Estoy fascinado, tanto por ellas como por los grandes excrementos que dejan a su paso. Voy esquivándolos con cierta torpeza. Vamos hacia Sallent de Gállego. Nos adentramos en el pueblo y Jesús me hace partícipe de sus conocimientos. Algo de historia no me viene mal. Me saco una foto con la estatua del "Gigante de Sallent", al lado del lugar donde ocurrió uno de los atentados de ETA que se llevó la vida de dos guardiaciviles en el año 2000. Bebo agua de una fuente cercana, agua clara y fría de los pirineos. Pronto salimos del pueblo y vamos a buscar el siguiente ascenso. Pasamos por sitios insólitos. Tardaré al menos un año en volver a pisar estas tierras y lo sé. Por eso intento grabar en mi retina todo aquello que admiro. Desde arriba se puede divisar el Embalse de Lanuza en temporada baja. Ponemos rumbo hacia el pico de Pacino y allí es donde aprovechamos para dejarnos fotografiar por Ramón, amigo fiel de Jesús y fanático de la fotografía. Hacemos una larga parada. David, que oposita para Forestal, me habla incluso de una orquídea de la zona de los pirineos en peligro de extinción conocida como "zapatito de dama". Puedo apreciar desde lo más alto otro embalse, esta vez es el de Escarra con su correspondiente presa. Corro por valles mojados y tiernos mientras diviso al fondo montañas cubiertas de nieve en lo más alto. Es una experiencia muy gratificante lo que estoy viviendo en estos momentos. Me siento arropado por estas personas, soy como de la familia. El ritmo es suave y muy agradable, y el clima espectacular para alguien al que no le gusta el frío.
La hora de comer se nos echa encima, así que regresamos a Formigal de nuevo y terminamos bajando por una pista roja, esta vez sin nieve.
Concluimos la ruta en el mismo bar, tomándonos unas cervezas para recuperar y con un "espero verte pronto por aquí".




Solo puedo decir una y otra vez GRACIAS JESÚS.


Aquí dejo el interesante blog de Jesús, conocido también por Samuel o (como he dicho antes) por "Cruzavalles", una gran persona.

samuelsanchez.blogspot.com