domingo, 21 de febrero de 2016

un sueño hecho realidad

Ha llegado el día para el que he estado entrenando estos últimos meses.
Atrás quedan esas sesiones de gimnasia casera con lastres en los tobillos y garrafas de agua, los largos y duros entrenes en solitario (la mayoría de las veces) por la sierra de Enguera con más de 1.600 metros acumulados.

6 de la mañana. Me levanto y desayuno fuerte, un tazón de leche de avena con cereales aliñado con una pizca de miel y un plátano. Superviso todo y me aseguro de que no se me olvida nada. Todo listo. Salgo de casa y acudo al punto de encuentro donde había quedado con mi amigo Eugenio a las 7. Él me lleva a Segorbe, cosa que le agradezco enormemente porque después de la maratón no estaré para muchos milagros. Por el camino charlamos mientras intento ingerir un asqueroso pastel rico en vitaminas y minerales que me había preparado la noche anterior, el postre más artificial que puedas probar en tu vida. Y digo “intento” porque estoy algo harto. Además, con los nervios se me hace una bola en la boca. Aún así sigo el consejo de mi entrenador; “Métele caña que luego quemas mucho y si te quedas blanco, mal.”

Llegamos al sitio y directo me voy a por el dorsal. Con el número 49 en mis manos ya estoy tranquilo. Volvemos al coche y nos refugiamos en él de las bajas temperaturas. Ultimo detalles. Un poquito de vaselina entre los dedos, un pequeño apretón de cordones y compruebo de nuevo que no me falta de nada en mi mochila. Casi se me olvida ponerme el Garmin. No es imprescindible, pero sin él parece que me falta algo, necesito saber cuánto me queda de ascenso o a qué ritmos me muevo en llano.

Apuro para ir al baño. Me llama la atención una cosa y es que, gente de la organización es la encargada de suministrarnos rollos de papel, para que no nos falte de nada. Ahí les pongo un 10. Me sorprende el hecho de que antes de ponernos bajo el arco tengamos que pasar por un control de chips. La cola desemboca en el patio del colegio Pintor Camarón desde donde salimos. Allí me encuentro con conocidos del club de Trail de Moixent. Son un buen referente para empezar.

No me da tiempo a calentar. Me sitúo en la linea de salida, un poco más atrás del arco. He llegado a la maraton con muchas molestias en el tendón de Aquiles y en el glúteo superior pero ya no hay vuelta atrás. A cruzar los dedos y hasta que el cuerpo aguante.

Nos dan la salida pero pronto, fuera de las instalaciones del colegio, nos volvemos a parar. Hemos avanzado un poco para poder salir todos desde un lugar más ancho y sin empujones. Ahora si, comienza el gran reto. Esquivo algunos corredores al principio para evitar el primer embotellamiento cuesta arriba del kilómetro 2. Callejeamos por Segorbe y bordeamos su gran muralla. Los primeros kilómetros los disfruto mucho, converso con los compañeros de carrera y echo un vistazo al paisaje de vez en cuando. Allá a lo lejos a mi derecha, el pico de Espadán. Es una pena lo que llegas a perderte en carrera, cuando la mayor parte del tiempo la pasas mirando al suelo, poniendo los cinco sentidos para no caerte.

Llegando al 15 la cosa empieza a complicarse. Me encuentro con la que puede que sea la cuesta con más desnivel del recorrido, pero la supero con relativa facilidad. Echo un vistazo atrás rápido y admiro el sitio por el cual hemos subido casi gateando. Recupero un poco y voy mentalizándome de que lo duro aún está por llegar. Durante el trayecto, en alguna ocasión me llego a topar con pequeñas paredes de piedra que ni tan si quiera me dejan andar, solo escalar. Llego al 19. Se que estoy en lo más duro del recorrido, unos 500 de ascenso repartidos en 3 kilómetros, con momentos de gran desnivel y otros que me permiten tomarme un respiro. Se hace pesado, pero no es ningún infierno. Mi mayor pesadilla era alcanzar el pico en buena forma física y lo consigo. Desde arriba y sin darme cuenta de lo que mi vista puede llegar a alcanzar, comienzo a descender. Hasta aquí, era un “tira y afloja” con mis compañeros de Moixent. Al poco, dos de tres que venían conmigo desaparecen en la bajada. El otro se queda atrás. Los próximos 20 kilómetros los haré en solitario. No tardo en darme cuenta de que para mi lo realmente duro empieza ahora. La bajada se me atraganta. Tan solo son unos 200 metros de gran dificultad y se me hacen eternos. Mi tendón de Aquiles está padeciendo. Tengo mucho dolor y bajo con miedo. Los primeros metros son tramos de piedras sueltas y de punta, sostenidas a modo de escalones por tablas de madera falcadas en el suelo de la montaña. Atravesamos una pedrera y continuamos bajando, disfrutando de bonitas sendas hasta llegar a camino de pista. Mis piernas han sufrido bastante y aún me queda casi la mitad del recorrido.


Acercándome al kilómetro 30 saludo a gente conocida, vecinos de Bolbaite. Sonrío para la foto. Hasta aquí más o menos bien, sueño incluso en lograr hacer un buen tiempo pero poco a poco se desvanece. Subiendo por una cortísima pero fuerte pendiente, llegando a uno de los puntos de avituallamiento, me da una rampa en el vasto interno. Me aprieto con todas mis fuerzas con mis manos y estiro la pierna. Pierdo algún minuto. Me tomo inmediatamente una pastilla de sales, cojo medio plátano de la mesa y salgo de allí como si me persiguieran, intentando recuperar tiempo perdido, pero doy risa. Ahora mismo camino como un zombie, arrastrando la pierna izquierda. Es el momento de que alguien se fije en mí para la serie “The Walking Dead”.

Quiero llorar. La impotencia que siento me hace pensar que quizás tenga que abandonar. A la vez, eso mismo me da fuerzas para seguir adelante y sorprendentemente me olvido del dolor y comienzo a rodar decentemente, eso si, sabiendo mis limitaciones. Recupero trotando suave, bebo mucho y hago lo posible por no castigar de nuevo esa zona.

El sol aprieta. La camiseta de manga larga que tan a gusto llevaba hasta entonces, me sobra. Lo que resta de la maratón es más o menos llevadero pero a estas alturas ya estoy cansado. Bebo solo agua y paso del preparado de Isostar que llevaba en uno de los bidones. Unos kilómetros antes había llegado a sentir algún retortijón en el estómago y no me gustaría tener que parar de nuevo por problemas de sobredosis de azúcar. Lo he dado todo, me he tomado sales, un gel en el 19 y otro ahora mismo en el 32, creo que me he hidratado bien y aún así, algo ha fallado. Me esperan 3 ascensos no muy duros hasta llegar a meta. Solo son tres, pero cuando solo piensas en acabar se hacen mucho de rogar.

Llegando al pueblo por la zona de Rascaña aún me queda un último empujón de unos 200 m de desnivel. Una senda me conduce hasta él y cuando me doy cuenta estoy dentro. Puedo empezar a saborear la grandeza de acabar una maratón de montaña pero me quedo con mal sabor de boca.

De pulsaciones me encuentro bien, aunque sí es verdad que los últimos kilómetros no me he esforzado demasiado. Veo a lo lejos el crono; 5:03… unos 15 o 20 minutos más de lo que pensaba que iba hacer. Me extraña no oir a Eugenio gritar “¡¡QUESINO!!” y es que me espera al final de la alfombra azul, grabándome en vídeo con su móvil y haciéndome fotos al mismo tiempo.



Por fin he alcanzado mi sueño, un sueño amargo desde el 30 pero estaba claro que me enfrentaba a una lotería. Nunca antes me había sometido a una prueba tan dura. Ahora es momento de reflexionar, valorar y seguir entrenando y ¿para qué? Quizás solo por el hecho de seguir soñando en un nuevo reto, para descubrir dónde está mi límite, para hacerme más fuerte y sacar fuerzas para afrontar otras situaciones, para evadirme de lo negativo que me rodea y disfrutar de lo que me queda por saborear.

Cierro un episodio más, agradeciendo a mi chica el apoyo recibido, especialmente durante la recta final. Y pido perdón a mi hijo por no aprovechar parte del domingo con él, porque aunque él no lo crea es lo que peor llevo. Vera cumple un año y aún no se entera demasiado, pero cuando empiece a echarme de menos no sé que voy a hacer…

Ahora no quiero pensar en ello... necesito descansar.
Seguiré soñando.



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