domingo, 13 de diciembre de 2015

buenos presagios

8 de la mañana. Espero con inquietud en la puerta de su casa, a mi hermano David, quien va a ser nombrado sin saberlo, Mochilero de Honor durante un día. Hoy toca en Sot de Chera, a 70 km de Valencia. Me trae buenos recuerdos ese lugar, allí fue donde hice mi primera carrera de montaña, ya hace un par de años.

Llegamos justos de tiempo, lo imprescindible para coger el dorsal, cambiarme y dejar un recuerdo de mi paso por Sot en el baño de los hombres de un bar cercano. Me da tiempo a tomar un cortado y lo acompaño de tortitas de arroz con chocolate. Claro que, no hubiera sido posible, si mi mochilero no se hubiera ido a aparcar mientras tanto.

Todo listo, me guardo la barrita, las sales minerales, me lleno la mochila de agua, caliento un poco y a correr! El poco frío que hace se olvida en cuanto dan la señal de salida. En primera linea está mi entrenador, yo en segunda o tercera. Salgo bien, pero lejos de cabeza, reservando por lo que pueda pasar. No llevo GPS, solo un triste cronómetro. Me guío por sensaciones, sensaciones que me transmite el cuerpo y la mente. Empezamos cuesta arriba (para variar), una larga cuesta de hormigón que pronto se convierte en senda. Bravo!, nos adentramos en la montaña. Durante los primeros kilómetros empiezo a notar cómo se carga el cuádriceps izquierdo. Poco a poco se va compensando con la ayuda de su compañero derecho. Bien, buena señal. Todo me hace pensar que puede ser un gran día. MIER-……! Me acabo de dar cuenta de que he perdido las sales. Tiraré de barrita, no importa. Me noto cómodo bajando, muy cómodo. Defiendo mi posición con uñas y dientes. Intento evitar que me adelanten cuesta abajo y lo consigo. Misteriosamente en esta carrera me adelantan cuesta arriba. 

Km14.- 1:25, Km18,- 1:48. Son algunos de los datos que memorizo. Me hago falsas ilusiones. 2h 20m. ya no va a ser posible. A partir del 19 empiezo a sentir un poco de angustia. Me olvido de tiempos, y pienso en los pocos kilómetros que me quedan para terminar. Se va notando el cansancio, sale la falta de gimnasia, sale todo lo que no he entrenado. Llego al km 20, un falso llano de pista y no puedo correr. Echo la vista atrás mientras subo. Bien, no viene nadie. Pienso; estoy cansado pero no soy el único. Me siento derrotado pero a la vez visualizo en mi mente esa última bajada. Me pongo las pilas y saco fuerzas pero aún así me pasa la primera chica. Tiro detrás de ella sin despegarme demasiado, aguantándole en la bajada. Llevamos un buen ritmo cuando de repente un fotógrafo grita -¡es por aquí arriba!!- Desgraciadamente se había colado de senda y yo con ella. Subo desmotivado hasta alcanzar el camino mientras ella lo hace apretando los dientes. Se aleja demasiado. Su primer puesto estaba en juego, la segunda chica venía pisando fuerte y la equivocación podría haberle jugado una mala pasada. Ya solo pienso en terminarla, en llegar al coche, en descansar. Bajo por unas escaleras y ahí estaba mi hermano, animándome en el último sprint. 2h 29’, 11 minutos menos que hace dos años. Esperaba recortar mucho más. No estaba demasiado contento con mi tiempo. La posición 23 que había defendido durante gran parte del recorrido se esfumó por los montes de Sot. Me olvido de todo esto cuando de camino al coche veo en el interior de una ambulancia a un chico con la nariz rota. Otros no han tenido tanta suerte.

Me voy con la satisfacción de haber corrido cómodo los 18 primeros kilómetros, de disfrutar bajando, con la sensación de haber hecho una buena compra (apostando una vez más por las Saucony Xodus) y de estar entrenando por fin como toca con el método de un gran atleta y persona. Esta vez Maskarell (el Mister) entró en segundo lugar de la general, a años luz de mi, por supuesto como era de esperar.

Sobre el asiento del copiloto, y gracias a la voluntad de mi hermano de hacerme más cómodo el camino de vuelta a casa, sigo soñando. Aún queda mucho por hacer.

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